"Son las mayores victorias las guerras que no se hacen [...]
Cabría preguntarle a Pizarro sobre la magnificencia de su estrategia, y contestaría, intuyo, con sorna aragonesa: '¿Estrategia? ¿Qué estrategia?' "
Pizarro, el cabalístico conquistador, está donde a Gallardón bien le gustara, bendecido para la causa y quién sabe si además envidiablemente posicionado para suceder a un eventualmente fracasado Mariano Rajoy. Aparece el turolense como una nueva versión del “efecto Rato”, golpe fundamental que intentó practicar la derecha como reclamo electoral y que no prosperó por las exigencias del otrora ministro Aznar.
Cabría preguntarle a Pizarro sobre la magnificencia de su estrategia, y contestaría, intuyo, con sorna aragonesa: '¿Estrategia? ¿Qué estrategia?'. Las cosas en la vida transcurren por un cauce natural y el gran conspirador va colocando a su albedrío las piezas precisas de su plan ignoto. Habrá quien opine que son la suerte y la casualidad las energías gratuitas que acompañan el éxito de los intrépidos, y el que suscribe cada día se halla más persuadido de que existe un orden perfecto en el acontecer de los episodios humanos y que sólo le cabe al hombre –en genérico- ponerse al servicio de su propia leyenda personal.
Alberto R. Gallardón podría haber sido quizá –nunca lo sabremos, nos tememos- un eficiente Presidente del Gobierno; muy posiblemente le sobren cualidades para ello, pero no se lo habrá permitido, llegado el caso, la propia percepción de sí mismo que le es consustancial. ¿Falló acaso la estrategia? En la cimentación de un entramado de apoyos y fidelidades se levanta el templo reverencial del político, la legitimidad de sus propuestas y el plegado de las voluntades. Uno tiene que estar a lo que está y ser, simplemente, quien es.
Son las mayores victorias las guerras que no se hacen. Todos sabíamos que Eduardo Zaplana nunca podría optar por una candidatura a la Presidencia del Gobierno, aunque bien conocíamos de sus afanes y desvelos. Incluso al flemático Rajoy se le advertían pocas ambiciones de promoción en sus tiempos de ministro. ¿Pizarro? Pizarro prácticamente ni ha abierto la boca.
Donde no hay remedio sólo cabe la paciencia, y no hay en el mundo poder que evite lo que ha de ser. Y si no lo ven, queridos lectores, como yo lo veo, les propongo como prueba el que indaguen en el caso de nuestro insigne presidente, don José Luis Rodríguez Zapatero.
Obscurum per obscurius, ignotum per ignotius.