A todos nos ha pasado en alguna ocasión pensar en la falsa salida, el espejismo de escape la prisión en la que nos sentimos inmersos. Es un error, una injusticia que cometemos con respecto a quienes nos quieren y nos necesitan, un derecho que nos atribuímos y que no nos pertenece.
Hay que desterrar el egoísmo de mirarnos en exclusividad, ignorando o no apercibiéndonos de que hay cientos de ojos pendientes de nuestra sonrisa, miles de bocas que sonríen al vernos, al leernos; cientos de miles de corazones que palpitan al ritmo de nuestra emocionada voz.
No es justo privarles de lo que somos, de lo que representamos, de lo que nuestra mano amiga les pueda dar.
Es un sano ejercicio a realizar de cuando en cuando el tratar de salirse de uno mismo, de observarse "desde fuera", como el que contempla a un extraño, con curiosidad por conocerle, por adivinar qué deseos incumplidos abriga, qué secretos entresijos serán capaces de conseguir que esa alma se cimbree gozosa, serena, satisfecha.